Ser bombero, un
oficio de riesgo al servicio de la gente
Cuartel Central de
Bomberos (Policía) La Plata
Rescatan niños de entre las llamas,
bajan animales de los árboles y encuentran cuerpos bajo el agua. Viven alerta y
prestos a ayudar en circunstancias de peligro. Dos oficiales recuerdan hechos en
que estuvieron al borde de la muerte pero vivieron para contarlo15
de febrero de 2005.
La sirena da el aviso. Una casilla del
barrio Malvinas se está quemando. Dos nenas no pueden escapar de las llamas.
Los bomberos del cuartel Central de La Plata saltan a la autobomba. En el
trayecto hacia el objetivo se ponen las botas, el casco y el equipo pertinente.
Llegan. Extienden las mangueras y apagan el fuego. Pero las nenas siguen
acorraladas y asustadas, aunque ya fuera del peligro de quemaduras, con riesgo
de asfixia y de un posible derrumbe. Claudio Marino, uno de los bomberos
socorristas, inicia el rescate. Tiene que saltar un alambrado. Entonces, apoya
sus manos en el tejido. Su mente se apaga. Una red eléctrica clandestina
subterránea se encarga de dejarlo inconsciente durante ocho minutos. Tres de
sus compañeros le hacen masajes cardíacos. La ambulancia lo traslada de
urgencia al hospital. Está cuatro días en terapia intensiva y dos meses en una
sala común. Pero la retención de orina, la cara hinchada, el miocardio
desfribilado y el hormigueo en las piernas siguen varias semanas más. Ya se
recuperó y aunque muchos no puedan creerlo, está de nuevo cumpliendo servicio.
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Claudio
Marino y Roberto Chacón, dos bomberos de años, narran las alegrías y
tristezas de un oficio que se vive con intensidad
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El teniente Roberto Chacón
lleva 25 años de bombero y siempre cumplió funciones en La Plata. “¿Cuál
fue mi primera experiencia riesgosa? Fue a los meses de iniciarme. Cuatro pibes
se quisieron fugar de un instituto de menores, en 149 y 70. Se metieron por los
caños de cloacas y transitaron unos 30 metros hasta que quedaron atorados y
asfixiados. Como en ese entonces era mucho más flaco, me mandaron al rescate.
Apenas podía avanzar. Cuando alcanzaba a uno, lo tomaba fuerte de las piernas y
avisaba; entonces nos arrastraban con una soga. Así rescatamos vivos a tres”.
En 1993 se incendió la destilería
de YPF. Debido a la dimensión del siniestro, Chacón fue junto a sus compañeros
como apoyo. “Llegamos y el piso vibraba, parecía que iba a explotar la
planta”, comentó. Después de catorce horas de trabajo, lograron extinguir el
fuego.
Pero no todas las historias de
los bomberos son riesgosas. Hace unos días, en el barrio Hipódromo, un caballo
de carrera encontró en su camino una escalera angosta y empinada que conducía
a una terraza. La subió. El problema es que después no había forma de hacerlo
bajar. El dueño de la casa pidió auxilio. Y allá fueron los bomberos.
Tras un análisis de la situación,
convocaron a un veterinario para que duerma al caballo y luego lo descendieron
en un tobogán hecho con tablas y lonas. “La operación tenía que ser
precisa, porque teníamos miedo de que el animal se despierte o se zafe de las
sogas”, relató Marino.
En 60 entre 28 y 29, hace unos
tres meses, Demetrio, un loro travieso, voló a lo más alto de un árbol. Su
propietario se cansó de llamarlo. ¿Quién podría ayudarlo? Los bomberos.
Desde el destacamento de Los Hornos fueron al lugar. Tuvieron que desplegar una
escalera desde la autobomba. Dos efectivos, a unos veinte metros, y entre las
ramas alcanzaron a Demetrio. “Bajó en el hombro de uno de los rescatistas.
Abajo, en la calle, más de cincuenta vecinos aplaudían contentos”, contó el
oficial Nicolás Patruno.
En el cuartel de Villa Elisa,
por primera vez en su historia, y desde enero, trabajan bomberas. Se llaman
Jesica Alegre, Silvana Quintans,Valeria Francés y Sandra Olivera. En esta
jurisdicción asisten a muchos accidentes en ruta o con personas que se arrojan
a las vías del ferrocarril. “A veces tenemos jornadas durísimas, como cuando
murieron calcinados dos chicos en Arturo Seguí, o en casos de partos
prematuros, de urgencias con finales muy tristes”, dijo Alegre.
Otras anécdotas:
“Una vez tuvimos que atrapar a una comadreja furiosa de adentro de una casa.
Eramos como cuatro y se nos complicó. Al final la encerramos y la llevamos al
ECAS (Estación de Cría de Animales Silvestres)”, contó Chacón.
En el Bosque, en 52 entre 1 y
115, está el cuartel Central. En esa base están de guardia entre 18 y 20
bomberos por día. Si no hay siniestros, hacen tareas de mantenimiento,
descansan o juegan al ping pong.
Claudio Marino es buzo. Por eso
ha participado en casos de gran trascendencia, como en la búsqueda de los
gomones usados en el robo al banco Río de Acasusso, cometido el 13 de enero último,
o en el rescate del cuerpo del comisario platense Jorge Luis Piazza, asesinado
en febrero de 2003.
Hace unos días, cerca de la
ciudad de Azul, un camión volcó y dos tanques con productos químicos cayeron
al río. Allá fueron los bomberos buzos, y sacaron el foco de contaminación.
Otras historias dramáticas
vienen de la mano de rescate de cuerpos ahogados en lagunas o canteras.
“En ocasiones tengo que buscar
restos óseos o armas en cámaras sépticas y a 15 metros de profundidad de
aguas contaminadas. No es un trabajo muy grato, pero hay que hacerlo”, contó
Marino.
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17/9/06