“El trabajo que hacemos es durísimo: estamos shockeados”
Clarin
22/05/11 - 02:06
Clarín,
con el equipo que junta los restos del avión. El jefe de bomberos de Los
Menucos y sus colaboradores fueron los primeros en llegar al lugar de la
tragedia. Y todavía rastrillan la zona. Dicen que no pueden dormir y que tienen
ataques de angustia

TESTIGOS
DEL HORROR. SERGIO CORUNAO, JEFE DEL CUERPO DE
BOMBEROS DE LOS MENUCOS, Y SU GENTE
La
noche estaba limpia cuando Sergio Corunao prendió el motor de la camioneta
modelo ‘71. Se ahogaba la Ford mientras él pensaba en el único dato que tenía.
Se lo había dado su vecino Raúl Goicoechea, el hombre que dice haber visto cómo
se cayó el avión de la empresa Sol. Frenó en la puerta del cuartel y le gritó:
“Vi un resplandor en el cielo”. Corunao saltó de la silla de plástico
blanca y se calzó el uniforme amarillo, ese que usa desde que asumió como Jefe
del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Los Menucos hace un año y medio.
“Cuando bajamos de la camioneta, no había a quién rescatar ni fuego para
apagar. Había sí, un humo espeso y una mancha negra en el piso. Y silencio.
Nada más”, repasa Corunao en el pequeño cuartel que dirige.
Los Bomberos Voluntarios de Los Menucos fueron los primeros en llegar el miércoles
al paraje donde 22 personas del vuelo 5482 perdieron la vida, en Cerro Negro.
Ellos se encargaron de cuidar el lugar del accidente y hoy juegan un rol
fundamental en la investigación, y siguen rastrillando la zona. Son los que
levantaron los cuerpos y las partes del avión, y los que impiden el ingreso al
predio. Pero también son los que no reciben asistencia psicológica, los que
para apagar un incendio deben poner a prueba una autobomba fabricada en 1967 que
no llega a los 40 kilómetros de velocidad. “Si hubiese habido gente con vida
o fuego, nosotros no podíamos hacer nada”, asegura Corunao.
–Se
habla de que no estuvo bien perimetrada la zona donde cayó el avión. ¿Esa era
una tarea que les correspondía a ustedes?
–Sí,
pero cuando llegamos estaba muy oscuro como para ver de dónde a dónde se podía
cerrar. En ese momento, tomé la decisión de bloquear solamente el camino y
prohibirle la entrada a cualquiera que no tuviera nada que hacer ahí, como un
concejal y vecinos que lo único que hacían era contaminar la zona. Recién
cuando amaneció tomamos dimensión de la tragedia y pudimos cerrarla
correctamente.
–¿Con
qué escenario se encontraron?
–Había restos humanos en 400 metros a la redonda, partes del fuselaje
desparramadas por el cerro. El pasto de la lomada chamuscado. Y el olor. Tenemos
muchas imágenes pero es el olor lo que se nos quedó grabado. Decidimos
extender el cerco a 1.500 metros alrededor del punto de impacto y nos pusimos a
disposición de la Policía de Seguridad Aeronaútica y del juez (Leónidas)
Moldes para hacer el rastrillaje. Eso significa caminar la zona con cuidado
buscando restos humanos o documentación de los pasajeros. Pero no encontramos
nada. Es como si todo se hubiese desintegrado. Juntar lo que quedó del avión y
de la gente que viajaba allí es durísimo. Estamos shockeados.
La voz de Corunao es dura. La de los cinco bomberos voluntarios que participaron
del rastrillaje, no. Basta que se les pregunte si estuvieron trabajando en la
zona del desastre para ellos suelten un “sí” y bajen la vista. En el
cuartel de Bomberos de Los Menucos, donde los 3 grados bajo cero se sienten en
los huesos, ellos no querrán entrar en detalles. “Algunos no pueden conciliar
el sueño, otros tienen ataques de angustia. Esto es grave y nos pega duro”,
dice.
Los cinco bomberos lo escuchan y asienten, con los ojos en las baldosas, como si
en ese cuadrado pasara algo que es sólo para ellos. Y el jefe sigue,
incontenible: “Nosotros no tenemos atención psicológica, nadie vino a darnos
una mano, un abrazo. El trabajo sucio lo hacemos los Bomberos: las 17 bolsas con
restos que están peritando en Buenos Aires las llenamos nosotros”.
Nadie que no esté ligado a la investigación puede ingresar al lugar donde cayó
el avión de Sol. El último retén está a ocho kilómetros de la zona del
impacto. El camino es una huella de ripio por la que desfilan la policía,
Defensa Civil, la intendente de Los Menucos, Mabel Yauhar, y su amigo y cura del
pueblo, el Padre Ricardo. Representantes de la empresa suiza que construyó el
avión llegarán hoy al pueblo ubicado a siete horas de Bariloche para
inspeccionar lo que quedó de la máquina del SAAB 340. El que faltó es el juez
federal de Bariloche que tiene a su cargo la causa: le pasa las instrucciones al
comisario Juan Fernández por teléfono.
Por la huella también va y viene la vieja Ford celeste de los Bomberos. Pero
nadie los detiene para que bajen el vidrio y cuenten que hay ahí, en esa mancha
negra. Aunque la camioneta levante piedra y polvo, los tres caballos que pastan
a la vera del camino no se mueven. A nadie les llama la atención esos hombres a
los que el sol les hace brillar las bandas reflectoras del uniforme.
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