ÁREAS REVERTIDAS.
Nuestro
espectáculo pirotécnico
Eka
Pérez-Franco de Ramírez
A la una y media de la tarde del pasado lunes, se inició un
incendio forestal en una de las áreas boscosas de Clayton, cercana a la
Ciudad del Saber. El fuego se veía lejos, profundo, en la espesura del
bosque.
A las 2:45 p.m., el primer carro
de bomberos, con cuatro unidades, hizo su aparición. Daba la impresión
de que no sabían qué hacer, por dónde entrar, o que quizás esperaban
encontrar un camino expedito al área que se quemaba con pasión, ya que
en menos de cinco minutos, pasaron por el mismo tramo de calle unas tres
o cuatro veces.
El charrasqueo característico
que produce la vegetación en agonía al ser víctima de las llamas,
inundaba el ambiente con un sonido fuerte y temerario. Yo, que me disponía
a salir de casa, decidí regresar, recoger a mi bebé, la nana y el
perro, llevarlos a un lugar seguro, y seguir a los bomberos para
verificar qué sucedía.
Me encontré entonces con los
cuatro bomberos, ya fuera del vehículo, dos policías y una
representante del Parque Nacional Metropolitano (PNM).
En esos momentos, el charrasqueo
aumentaba, el calor ya era notorio y los pedacitos de hierba quemada,
empezaban a hacer su aparición.
Me acerqué al que parecía ser
el superior del grupo de los cuatro bomberos, y pregunté si tenían
problemas para acceder al fuego. Creía entender que ellos buscaban un
camino, calle o acerita, que los llevara al área en conflicto. Las
opciones eran saltar la cerca de ciclón —que divide el bosque de las
áreas residenciales— o cortar los candados de las puertas de la
cerca, puertas suficientemente anchas para que un carro de bomberos
pudiera pasar por ellas. Ninguna de las dos opciones parecía
agradarles.
Pregunté entonces cuál era el
protocolo a seguir en este tipo de situaciones, en las que un bosque
urbano se quema, rodeado de casas, y de decenas de familias. La repuesta
que obtuve, fue más que aterradora.
Ellos, los bomberos que
conocemos, no son bomberos forestales, por lo tanto, no está dentro de
sus obligaciones, el apaciguar incendios de este tipo.
Pregunté entonces si existía
una subdivisión, o entidad independiente que contara con bomberos
forestales, a lo que se me respondió que había bomberos forestales
voluntarios, pero que "de allí a que se lograra recoger a los
voluntarios...". Una ola de desolación recorrió mi cuerpo.
¿Quién era el responsable
entonces de atacar una situación como la que se presentaba?
La señora del PNM me dijo que se
había comunicado con ANAM y que ellos enviarían algunas unidades, pero
que ella no estaba segura de quién era el responsable. Que ella estaba
allí, porque el área boscosa incendiada estaba cercana al PNM.
El Parque Nacional Metropolitano,
el Parque Nacional Camino de Cruces y el Parque Nacional Soberanía
constituyen un gran corredor biológico y uno de los mayores patrimonios
forestales del mundo.
El fuego seguía creciendo,
agigantándose y esparciéndose. Las cenizas ya eran cientos y el calor,
sofocante. Los bomberos observaban, desde la calle, al igual que los
vecinos, cómo el fuego aumentaba. Insistí nuevamente en la necesidad
de hacer algo, de buscar al responsable de resolver la situación, de
actuar.
Uno de los bomberos del grupo me
dijo que ellos tenían que esperar a que el fuego se acercara a la
cerca, es decir a las casas, para poder entonces "entrar en acción".
Que "ellos no apagaban incendios forestales, que no tenían el
equipo, no tenían helicópteros, ni aviones, ni todo eso que salía en
los programas de los gringos, —que dicho sea de paso es lo que nos
tiene a los panameños mal influenciados, porque esperamos que ellos actúen
como en los programas de televisión—".
Creo que mis ojos eran del tamaño
de dos platos. ¡¿En qué país vivimos?!, me pregunté por milésima
octava vez. Cada vez, llegaban más vecinos, salían más mamás con sus
niños pequeños, y el temor se acrecentaba. Dos europeas, paradas a mi
lado, miraban cómo los árboles ardían y me preguntaban indignadas
porqué los bomberos no hacían algo.
Eran cerca de las 5:00 p.m. y el
fuego se había convertido en todo un espectáculo macabro, tanto para
los residentes que miraban desde la calle, como para los bomberos que
contaban con una vista más privilegiada del incendio —el techo de su
carro bomba, estacionado en la acera—.
Irónico.
Llamé a cuanto periodista pude,
utilizando como último recurso la vergüenza pública que quizás podría
causarle a las autoridades responsables, el informar a la colectividad,
de su negligencia. Las llamas tenían metros de altura, el gris teñía
el cielo y las cenizas parecían confetis en un Martes de Carnaval tableño.
Cuando el fuego se acercó a dos metros de la cerca de ciclón, los
bomberos se bajaron de su palco improvisado, conectaron la manguera al
hidrante y procedieron a humedecer, —¿sería este el término
correcto?— la hierba cercana. En esos momentos, ya muchos vecinos habían
tomado la iniciativa, y mangueritas en mano, mojaban la mayor cantidad
de metros de tierra que podían, en medio de su desesperación.
No. No fue la humectación
profesional de la hierba lo que hizo que el fuego no llegara a las
viviendas. Fue la mano de Dios y la decidida autolimitación del
incendio, lo que lo detuvo a tres o cuatro metros de las viviendas más
cercanas.
Entiendo que había dos carros
bomba adicionales, en sectores diferentes, rodeando el fuego. Vigilándolo,
para cerciorarse de que siguiera el curso que ellos esperaban, dejando
en manos del viento, la dirección del incendio.
Y no quiero que mi crítica se
sienta hacia las unidades de bomberos que ciertamente, en muchas
ocasiones, ponen en riesgo su vida al salvar la de otros. Mi crítica va
dirigida a todas las entidades gubernamentales y/o estatales, encargadas
del cuidado de nuestros bosques urbanos y de las personas que viven
rodeados por ellos. A todos aquellos que deben velar por la seguridad,
la salud y el bienestar de los ciudadanos.
No es posible que carezcamos de
bomberos forestales, del equipo necesario, de un protocolo actualizado
sobre los pasos a seguir —en blanco
y negro— para atacar una situación como la que hace poco sufrimos en
Clayton.
En un país que parece no tener
timonel, ni rumbo, es hora de que tomemos las riendas y pongamos orden
en casa. Por irresponsabilidades como la de ayer, muere vegetación y
fauna, y pudieran existir en el futuro, víctimas humanas. La terrible
prostitución de nuestras áreas revertidas es evidente, no solamente
con la venta de áreas decretadas bosques urbanos, sino con los cambios
—realizados de manera unilateral y a través de leyes inconsultas—
de zonificaciones que protegen la salud vegetal y animal de dichas áreas.
Quisiera pensar que el fuego inició simplemente como una aleatoria
"combustión espontánea" y no que se trate de una estrategia
de compra-venta.
Panamá,
lunes 20 de marzo de 2006